La historia del Palacio de Santoña

Seguro que has pasado delante de su portón (por cierto, obra de Pedro de Ribera) muchas veces, pero ¿qué sabes de este rincón madrileño que es una joya oculta y que esconde una larga historia?

Muchos cambios de propietarios, un dueño nacido pobre y enriquecido en las Américas, hijas ilegítimas, lujo, despilfarro, intrigas políticas, una duquesa que pierde el edificio acosada por las deudas y muere arruinada acogida en casa de unos antiguos sirvientes… ¡El Palacio de los Duques de Santoña ha vivido muchas historias!

La casa palacio ubicada en pleno Barrio de Las Letras surge al unificarse las casas que ocupaban el terreno de la actual finca allá por el siglo XVII, resultando una sola propiedad que con el paso de los años fue cambiando de manos y sufriendo diferentes transformaciones. No es casualidad que la calle Huertas, donde se ubica el magnífico edificio, recibiera tal nombre, y es que las fincas que la componían contaban con su propio terreno de cosecha, y la riqueza de la zona no era por lo tanto casualidad.

Durante el siglo XVIII fue propiedad de la familia Goyeneche, siendo Juan Francisco un gran político y banquero de la época el primer comprador. Éste sería uno de los primeros hombres ilustres en vivir bajo el techo de la majestuosa casa, y abrió camino a más de 150 años en los que sus sucesores ocuparon esas paredes, vinculando la propiedad con la ciudad y la realidad española de la época. 

Durante este siglo el edificio cobra la consideración de Palacio, siendo ésta muy merecida debido a la gran riqueza de su estructura y el valor de la decoración de sus salas. La familia Goyeneche, muy cercana a la corte de Felipe V, a la industria y al concepto de mecenazgo, tenía un gran gusto por el arte burgués español y madrileño y las obras que a día de hoy ocupan las salas dejan constancia de ello.

Este edificio va de la mano del Madrid más embriagador y que inspiró a tantos escritores. La torre que coronaba el palacio, en la esquina entre Príncipe y Huertas, se integraba en un Madrid de los Austrias clásico y señorial, y se fundía en ese barrio por el que decían que caminaban las musas.

Fue a partir de 1874, año en el que el palacio pasa a manos de los duques de Santoña, cuando este edificio vive su mayor evolución en cuanto a su riqueza artística, decorativa y valor a nivel social. De esta pareja es la mayor y más referente reforma de la finca. y también el uso que éstos le dieron definiría para siempre su historia, siempre cerca del lujo, la aristocracia, los grandes eventos y la actualidad de cada etapa que ha ido pasando.

En las crónicas de la época se escribió que “sólo el Palacio Real superaba la consideración social del de Santoña”. Las suntuosas fiestas que se sucedían en este maravilloso escenario, fruto del gusto –y afición por el derroche– de la duquesa lo convirtieron en un espacio de referencia en la ciudad de Madrid entre las clases altas. Banquetes, bailes, recepciones a aristócratas de otros rincones del mundo… Todo «lo importante» que pasaba por la ciudad de Madrid tenía que pasar por lo tanto por este lugar.

La Cámara de Comercio de Madrid es más que consciente del incalculable valor artístico e histórico de este edificio y es gracias a su labor diaria de mimo de cada rincón del palacio el que éste se encuentre a día de hoy en tan buenas condiciones. Desde 1933 la finca le pertenece a esta entidad, que ha trabajado en estos casi cien años en su constante remodelación, conservación y cuidado de sus instalaciones. Gracias a toda su historia, y a este respeto y cariño por el palacio éste es uno de los edificios más emblemáticos y valiosos de la ciudad.

Desde hace unos meses, Ephimera gestiona las salas que componen este edificio y que pueden ser utilizadas para la realización de eventos privados. Ya son muchas las marcas de lujo, revistas, laboratorios cosméticos… quienes han confiado en este particular e inolvidable lugar para acoger los eventos más importantes en su storytelling.

Y es que la perfecta conservación de sus espacios, los frescos que dibujan un Madrid de otra época, los ornamentos que nos hacen viajar a otros lugares del mundo, así como su encantador patio, luminosas galerías y acabados impecables hacen sentir privilegiado a todo el que pisa sus suelos. ¡Y eso no se consigue en cualquier lugar!